Lo primero que llama la atención cuando te encuentras con Franco Terpin son sus manos. Él es un tipo grande, y sus manos son también grandes. Lo segundo es que es un gran tipo, una de esas personas que te gustan al instante. Es muy apasionado de sus vinos y le encanta compartirlos con quien vaya a visitarle y explicar todo lo que puede sobre ellos y luego contar historias. Y eso es algo muy digno de mención y de aprecio, si tenemos en cuenta que nuestra visita fue tarde un domingo, cuando ya había anochecido, durante esas horas en las que lo normal es estar en casa descansando con la familia.

Finales de octubre, algo de frío acompañando a la oscuridad reinante, un camino vecinal por detrás de unas casas nos conduce a la bodega Franco que lleva su nombre. Cuesta encontrarla, y hay que preguntar a cualquier alma con quien puedas cruzarte en la noche, y no hay muchas. Una vez llegas, todo encaja en su lugar. Franco sale a la puerta para darnos la bienvenida y enseñarnos su reino. Si basas tus expectativas en la cantidad de botellas que Franco vende cada añada, es posible que esperes un lugar pequeño y oscuro, como una caverna donde habita un ermitaño. Por el contrario, el lugar está muy bien iluminado y tiene un aspecto moderno. Todos los artilugios necesarios típicos están allí, y tras ellos hay unas cuantas filas de barricas francesas donde envejecen los vinos que cuidadosamente elabora cada año. También encuentras una colección de botellas vacías de vinos producidos por amigos suyos y de esas bodegas con las que puedes dar una vuelta al mundo. Son los testigos silenciosos de aquellos vinos que Franco compartió y disfrutó en la noche de los tiempos.

En una esquina de la bodega hay una gran mesa de madera y una alacena que da a la zona un ambiente acogedor de casa de campo antigua y que cuentas con algunas copas de vino listas para transportarnos al mundo de Franco. Esa es la zona de degustación. Sobre la mesa, Franco ha dispuesto los vinos que elabora y nos explica cada uno de ellos, incluyendo historias sobre el proceso de elaboración del vino, así como divertidas anécdotas de sus viajes alrededor del mundo. Su principal línea de vinos es Franco Terpin. En ella produce cinco vinos blancos monovarietales y un vino tinto. Un Pinot Grigio, un Friulano (llamado Jakot), un Sauvignon, un Chardonnay y un Ribolla Gialla. Sé que te encantaría saber cuál me gustó más. Sin embargo, siendo mi fiel lector, también sabes que me encantan los vinos blancos macerados del Friuli. Y, por supuesto, la bodega de Franco está en San Floriano del Collio, Gorizia, (Friuli Venezia-Giulia), así que no puedo decidirme por solo uno de sus vinos. Digamos que en una escala de 1 a 100, clasificaría sus vinos en el mismo orden en que los disfrutamos como 99.1, 99.2, 99.3, 99.4 y 99.5. ¿Por qué no mejores calificaciones? Bueno, Franco va a leer este artículo, por lo tanto, quiero que en la próxima añada se esfuerce más en lugar de estar complacido consigo mismo después de que un español loco por los vinos macerados del Friuli le haya dado una calificación más alta. Hay que ganarse las puntuaciones año tras año, no dormirse en los laureles.

El Pinot Grigio tenía un maravilloso color rosado. Según nos explicó, esta uva es la más blanca de las uvas tintas o la más roja de las uvas blancas, por lo que un corto período de maceración con las pieles transforma el color del mosto en rosado. También es un vino delicado, tanto en la nariz como en la boca. El Friulano, una variedad local, fue muy agradable, así como el Sauvignon, un vino que refleja tan bien el suelo de marga arcillosa de esta zona. Luego sus dos mejores ejemplos de vinos blancos macerados: el Chardonnay que era potente pero muy elegante a la vez y el asombrosamente increíble Ribolla Gialla. Tú que me lees ya sabes que estoy enamorado de la Ribolla. Pues este vino está realmente bueno. En general, sus vinos son muy finos y balanceados, sin despuntar en ningún nivel. Son vinos fáciles de beber y definitivamente muy agradables.

Su vino tinto es Sialis, un vino a base de Merlot. Ejemplo muy interesante del carácter que esta uva tiene en el Collio. Disfrutón.

La visita seguía mezclando conversación, anécdotas y vino rico. Sin prisa. Comentamos sobre algunos vinos elaborados con Malvasía que habíamos probado en la zona y de repente Franco desapareció. Como si de repente se hubiera acordado de tener comida en el horno. Pocos segundos después, apareció con una botella con una etiqueta extraña. Sin variedad, sin añada, solo un dibujo de tres hombres y una palabra: Ilegal. Ojos abiertos, cejas arqueadas, curiosidad extrema, silencio sepulcral. 500 botellas de este vino que está produciendo con la Malvasía. Me encantan los vinos hechos con Malvasía, tanto del Collio, donde hay menos, como del Carso, tanto del lado esloveno como del lado italiano, donde hay muchos más. El Carso está solo un poco al sureste de aquí. Este vino era simplemente… uhmm… digamos brutal. Muy potente en nariz y boca, alto de todo, incluido el alcohol y extremadamente bueno. Un vino no apto para los débiles de corazón, un vino que nos atrapó desde el primer sorbo. Alucinante, potente, lleno de todas las cosas buenas en un vino. Su nombre proviene de, bueno, no vamos a entrar en eso. ¿He mencionado que tiene un 16% de contenido en alcohol?

Franco trabaja sus viñedos de forma orgánica y natural y luego en la bodega lo único que hace es dejar que los vinos se expresen, sin correcciones, sin productos químicos, sin enzimas añadidas ni levaduras seleccionadas, solo las autóctonas. La forma en que se producen los vinos en esta zona durante décadas.

Pronto hablaremos con Franco sobre sus vinos y su filosofía enológica.

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