Visitar una bodega es algo que siempre lleva tiempo. A veces la bodega está lejos y te lleva casi todo un día, así que hay que valorar si merece la pena hacerse el viaje. Uno de estos casos, el de una bodega que estaba más bien bastante lejos, es el que hoy nos ocupa. Para ir hasta allí no solo había que valorar la distancia, sino que además era parte de un recorrido en el que llegar del punto A al punto C no incluía pasar por la bodega sino que nuestro punto B estaba bastante lejos del itinerario e implicaba un rodeo elegante. Aún así, algo me decía que iba a merecer la pena visitar la bodega, no solo porque el vino que había probado me había gustado mucho, sino porque había un algo después de haber hablado por teléfono con su propietario que así me lo decía.

Teo Legido (quinto mío por otra parte, y eso siempre ayuda) tiene la bodega que lleva su nombre en Castellanos de Zapardiel. Esto suena lejos, y lejos está. Concretamente está en la esquina entre las provincias de Ávila, Valladolid y Salamanca, provincias que desde su viñedo se divisan perfectamente. Por allí se ven viñedos de la DO Rueda, grandes y masificados, hasta tal punto que cada año se añaden unas 1.000 hectáreas de viñedo nuevas. Si lo comparamos con la cantidad de viñedo que hay actualmente en Priorat, que llega escasamente a 2.000 hectáreas totales, vemos que es mucho superficie nueva cada año. Durante el trayecto en coche también puedes ver los edificios de grandes grupos empresariales que vienen de otras áreas como Rioja o Ribera del Duero.

Pero no es esto lo que nos ocupa sino Teo y sus vinos. Teo proviene del mundo del diseño de joyería y aunque la labor de orfebrería es también su pasión, la de hacer vino le viene de familia, ya que en las afueras de este pueblo de Ávila es donde su familia ha hecho vino para casa durante años. Ahora Teo tiene una hectárea y media de viñedo más otra media que es de un primo suyo. La de su primo se llama El Rosal y es un viñedo de Garnacha. Su viñedo se llama La Bovila y tiene Tempranillo, Syrah y Verdejo. Teo trabaja en ecológico. Ahora todo su viñedo tiene la certificación de ecológico y en la añada 2018 ya la llevará en la etiqueta. Sigue también principios de biodinámica, aunque en esta zona hay cosas muy difíciles de hacer, como tener animales de granja. La despoblación atacó mucho la región así como la transformación del cultivo, que pasó de uva a cereales y apenas quedan viñedos ni animales de pasto. Por ello, Teo no puede producir su propio abono, entre otras cosas. El suelo tiene una capa muy seca, ya que la pluviometría aquí no llega a los 250 litros anuales pero curiosamente unos pocos centímetros por debajo de la superficie hay buena humedad. Y sobre todo muchas piedras.

Con las uvas que Teo recoge elabora tres vinos, dos tintos y un blanco. El Verdejo es un vino muy especial. No está elaborado al estilo de los Verdejos de la vecina Rueda ni mucho menos. Teo lo trabaja muy bien, con algo de velo de flor en algunas añadas que nadie diría que se pueda desarrollar en esta zona. Es un vino muy amable en boca, con una untuosidad y corpulencia muy buena y con una acidez muy agradable, que no es elevada. Tiene un final amargo que te pide seguir disfrutando de la copa. Un vino que te atrapa por su sutileza y te enamora. Y si lo acompañas con un poco de queso y embutido de la zona que Teo pone en la mesa, la experiencia es fantástica.

Los dos tintos llevan el nombre del viñedo. Son vinos con cuerpo y potencia pero por suerte nada amaderados. Probamos 2015 y 2016 en botella y 2017 en barrica. En 2016, la Garnacha de El Rosal había sido prensada con los raspones mientras que la uva de 2016 de La Bovila había sido despalillada. Antes de probarlos pensaba que me gustaría más la parte prensada despalillada que la otra, pero la de los raspones estaba francamente buena y sin que pecase de astringencia, sino todo lo contario, un vino con una complejidad muy sabrosa. Posteriormente, en esta añada 2018 Teo está trabajando todo el vino sin despalillar.

La producción de Teo Legido es muy muy muy limitada, así que quien quiera probar sus vinos debe darse prisa antes de que vuelen. El Verdejo ya no queda. En 2017 hizo 1.200 botellas de los tres vinos y en este 2018 la cantidad subirá a las 2.000 botellas.

Después de ver los viñedos y catar los vinos era ya la hora de la comida, así que armados de un poco de vino que nos habíamos reservado para la ocasión, nos dirigimos a Arévalo, pueblo cercano donde hay un templo del cochinillo, el Asador Las Cubas, donde Teo y yo (bueno, sobre todo él) fuimos recibidos por todo lo alto. Solo hizo falta un poco de buen cochinillo, un poco de ensalada y un poco de buen postre para acompañar los vinos y disfrutar de una comida excelente. Los tres vinos se mostraron de primera con la comida.

Reanudando mi viaje mas tarde, iba pensando que cada kilómetro hecho de mas había merecido la pena para conocer a Teo Legido. Los vinos me gustaron mucho pero la oportunidad de pasar un rato como el que pasamos lo merece todo. Gente como Teo es la que da sentido al mundo del vino.

Pronto hablaremos con Teo Legido acerca de su filosofía vitivinícola.