Mi amigo Iñaki es ingeniero aeronáutico y durante muchos años se dedicó a reparar determinadas averías en aviones. Un día me decía que cuando estaba en el hangar del aeropuerto y las cosas no iba bien, le bastaba con tocar un avión y darse cuenta de que era eso lo que hacía que todo lo demás valiera. Es una historia que me contó hace años y que sigo recordando.

A mí me ocurre lo mismo, aunque en otro ámbito, por supuesto. Hace ya tiempo que dejé de viajar en avión, por muchas razones, así que me conformo con fotografiarlos de vez en cuando. Pero no son los aviones lo que me dan esa paz interna tan necesaria a veces, sino simplemente poner los pies en un viñedo.

Esta vendimia he tenido ocasión de compartir unas jornadas con Juan y Susana, dos amigos muy queridos que tienen una bodega. Me gustaban mucho los días que tocaba vendimiar. Al igual que Iñaki, caminar por el viñedo también hacía que todo valiese la pena en ese momento. No había problemas, no había ruido externo. Éramos solo la cepa y yo. Ellos se reían, porque su costumbre es vendimiar todos cerca y mantener diferentes conversaciones sobre música, rock español sobre todo, algo de cine y mucha de vino y comida. Solíamos empezar pasadas las ocho de la mañana, y la verdad es que a esa hora no soy mucho de conversar. A las nueve tampoco, todo hay que decirlo, así que una vez Juan decía lo que había que hacer, yo cogía mi cubo y mis tijeras y me iba a la otra punta del viñedo, lejos de las conversaciones. Y claro, hacía lo que me apetecía. No por llevar la contraria a Juan, por supuesto, que para eso sabe mucho mas que yo, sino porque dejaba que las cepas me fueran guiando.

Era entonces cuando más disfrutaba. Me gustaba rodear cada cepa mirando por dónde iba a empezar a podar. Luego, acercarme y coger cada racimo con una mano, cortando con cuidado y colocándolo en el cubo con cuidado. Lo del cuidado era al principio, a las cinco horas de vendimia ya no tenía tanto, pero todo seguía siendo igual de especial. Era, es, una gran experiencia, observar cada planta y ver cómo han ido creciendo diferentes racimos durante los últimos meses según se ha hecho la poda de invierno. Unos grandes, unos más pequeños, pero todos con una uva muy grande y sana.

Es una maravilla ver el resultado de trabajar la viña naturalmente, sin productos químicos ni nada, incluso algunas viñas sin laboreo ni otro tipo de trabajo. Pero sobre todo, esa conexión con cada racimo, en silencio en mitad de un viñedo alejado varios kilómetros del pueblo más cercano y en algún lugar por donde no pasaba nadie más que nosotros. Las conversaciones de fondo, las reflexiones sobre la vida y la marcha de las cosas, pensar en cómo una planta ha creado un racimo de uvas que acabarán transformándose en un vino en unos meses, después de diferentes procedimientos en la bodega: despalillado, prensado, fermentación, etc.

Es cierto que es un trabajo extenuante. Vas cortando racimo a racimo y colocándolo en el cubo. Cuando el cubo está lleno hay que ir hasta las cajas para descargarlo y volver a la cepa. Repetir el proceso una y otra vez hasta que se acaba el viñedo o la jornada y mañana volvemos para terminarlo. No sé explicarlo, pero estar en el viñedo rodeado de vides llenas de uvas y podar es algo especial. Es una tarea repetitiva y, como he comentado, agotadora, pero es muy gratificante también. No hablo con las plantas, ni tampoco las canto, pero sí que las respeto. Han trabajado mucho para llegar a este punto.

Hace ya un par de semanas, más cuando leas estas líneas, que terminó la vendimia. Un día fuimos al campo para hacer otras dos tareas con las cepas. Primero estuvimos cortando las sierpes de las cepas que tienen pie americano. Resulta que en muchas de ellas, por debajo de la parte injertada, que además es la parte enterrada, crecen sarmientos que si no se cortan a tiempo, absorben toda la comida del suelo y la planta por encima del injerto acaba muriendo por falta de nutrientes. El trabajo consiste en retirar la tierra que tapa la planta para llegar a las sierpes y quitarlas con una tijera de podar o, en la mayoría de los casos, con un hacha de mano. Así te aseguras de que todo el flujo de la sabia va desde las raíces hacia la parte aérea de la vid. De esta manera, la planta seguirá produciendo racimos de calidad durante muchos años.

La segunda tarea que hicimos fue la poda de invierno. Una vez finalizada la vendimia no se cortan los sarmientos ni se quitan las hojas. Todavía están llenas de savia, por lo que hay que esperar a que termine el ciclo vegetativo de la planta. Es entonces cuando las hojas se secan y se caen, y toda la savia vuelve a las raíces. Así, la planta está preparada para afrontar el frío del invierno.

Sobre poda hay muchos manuales escritos y muchos profesionales que organizan cursos sobre cómo hacer un poda correcta. Baste decir que cada variedad de uva se poda de una manera particular, cada estilo de mantenimiento (vaso, espaldera, etc.) se poda también de manera diferente. Incluso se poda de una manera u otra si vas a entrar en el viñedo con un tractor y no quieres dañar los brazos de la vid.

Cuando nos pusimos a podar, las sensaciones fueron las mismas. Observar la planta, decidir qué brazos dejar, qué brazos podar, cuántas yemas dejar, cuáles y por qué, retirar las partes de la cepa que ya no servían y que retirando ayudarán a hacer que la planta crezca con más vigor dando mayor rendimiento.

Como Iñaki con los aviones, yo encuentro mi calma en un viñedo. Cortar cuidadosamente los racimos durante la vendimia, eliminar las sierpes y seleccionar yemas y pulgares durante la poda son momentos especiales. Esos que disfrutas en silencio y son compartidos entre la planta y tú, rodeado de naturaleza, un cielo limpio de nubes y con calor o con nieblas matutinas. Todo cuenta y todo vale en esos momentos en que todo lo que pasa queda entre cepas, con los pies en el viñedo.